No hay recetas para ofrecer una educación intercultural. La fuerza de la innovación educativa se encuentra en los contextos y sujetos en
permanente movimiento. Cada institución debe encontrar las herramientas que propicien la experiencia universitaria desde la
diversidad. En el caso de la IBERO Puebla, esa aproximación se traduce en el Programa Intercultural de Vida Universitaria Pedro
Arrupe, SJ dirigido a jóvenes de comunidades indígenas y rurales.
Para el Dr. Gunther Dietz, resulta fundamental construir proyectos integrales a partir de la distinción de conceptos. Mientras que
la multiculturalidad intenta hacer una fotografía de la diversidad tal como existe en un espacio concreto,
la interculturalidad identifica la convivencia en la diversidad etnolingüística. La primera reconoce la diferencia; la segunda la
abraza.
Popular en América Latina.
La interculturalidad ha sido utilizada como una forma de empaquetar toda la diversidad humana. No obstante, investigaciones
recientes señalan las diferentes concatenaciones de diversidad que pueden darse al interior de un mismo grupo, muchas veces en cuestiones
que van más allá de la cultura. Esta “diversidad de diversidades”, indicó el antropólogo, han sido históricamente impulsadas por
movimientos sociales.
La noción de diversidad aplicada en la escuela ha vivido tres etapas. Inicialmente se le concibió como un problema para las
intenciones de homogeneización de las sociedades a través de una educación hegemónica. Posteriormente, las luchas sociales
permitieron un cambio de paradigma hacia la diversidad como derecho colectivo. El caminar actual persigue la implementación
pedagógica de la diferencia.
El programa Arrupe ha transitado de una beca estudiantil a una experiencia universitaria integral. Para abonar a esta transformación, el Dr.
Dietz recomendó nunca aplicar criterios de autenticidad frente a las expresiones de identidad. “Nadie tiene una sola identidad.
La interseccionalidad nos muestra que no solo te discriminan de forma racista, también clasista, sexista…”. Por tanto, hablar de
“estudiantes indígenas” reduce la comprensión de las historias de vida a un simple censo.
El teórico Daniel Mato identifica algunos matices de interculturalización de las instituciones de educación superior que van desde la
inclusión de individuos, pasando por la vinculación con organizaciones indígenas hasta la conformación de universidades
interculturales. La diferencia principal recae en el tránsito de la diversificación del alumnado al rediseño estructural de la
institución.
Transformar de fondo un sistema educativo implica apostar pedagógicamente por la justicia social y el diálogo de saberes desde
lo que ocurre al interior de las aulas. La práctica docente que persiga esta alternativa, aseguró Gunther Dietz, deberá optar por métodos de
enseñanza y aprendizaje diversos. “Para interculturalizar una universidad tengo que ir más allá del ‘saber universal’, que es occidental,
e ir a saberes que he excluido”.
Las capacidades docentes deben renunciar al intercambio vertical y actuar como una mediación entre el alumnado y el
conocimiento. El especialista aseguró que las universidades en proceso de interculturalización deberán poner el aprendizaje en el
centro para abonar a la investigación y la vinculación comunitaria.
Insistió también en la importancia de construir una educación multilingüística que, contrario a lo que generan las prácticas
indigenistas, permita que el español funcione como un complemento de las lenguas originarias y no como un sustituto de
estas. “Necesitamos revertir las jerarquías y descubrir que las lenguas originarias son un recurso didáctico con el que deberíamos trabajar en
las aulas”.





