México no enfrenta una crisis de ideas, sino de capacidad. La falta de perfiles preparados está impactando directamente en la ejecución de los proyectos y en los resultados del país.
Durante décadas, el poder estuvo en manos de profesionistas altamente formados:
economistas, abogados, administradores públicos, muchos de ellos egresados
de universidades como Harvard, Yale o el ITAM.
La llamada generación de tecnócratas.
Ahí están nombres como Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, José Antonio Meade
o Felipe Calderon: cuadros técnicos, preparados y con visión de cambio.
Se les puede cuestionar —y con razón—, pero entendían algo fundamental:
el poder exige capacidad… y la política exige nivel.
Había debate. Había forma. Había respeto por la investidura.
Hoy, el contraste es evidente.
Y no es un tema menor, porque cuando faltan perfiles… los proyectos se caen.
Ahí están los ejemplos: el Aeropuerto “Felipe Ángeles”, que no ha logrado consolidarse
como se prometió; la Refinería “Dos Bocas”, con sobrecostos, retrasos
y últimamente con incendios; el Tren Maya, con ajustes constantes,
cuestionamientos técnicos, descarrilamientos y subsidio diario porque pierde dinero;
y una MegaFarmacia que terminó siendo más narrativa corta porque llegó muy rápido a su extinción.
No es percepción.
De acuerdo con informes de la Auditoría Superior de la Federación (ASF),
en la revisión de la Cuenta Pública, proyectos prioritarios del gobierno federal
han presentado sobrecostos, deficiencias en planeación y observaciones
por miles de millones de pesos, lo que evidencia corrupción y una ejecución sin el nivel necesario.
Y esas fallas tienen un origen claro: corrupción y falta de profesionistas experimentados.
Pero esta crisis no empezó con estos proyectos.
Se construyó durante años dentro de los propios partidos.
Mientras hacia afuera competían, hacia adentro se desgastaban.
Se cerraron.
No impulsaron nuevas generaciones, no apostaron por perfiles técnicos
ni por liderazgos preparados. Dejaron de formar cuadros y comenzaron
a privilegiar la lealtad sobre la capacidad.
Y cuando ese modelo se agotó,
no había con quién reemplazarlo.
Y peor aún: empezaron a pelear más entre ellos que contra sus adversarios de otros partidos.
Ahí se perdió una generación completa.
Después vino la improvisación.
Los partidos apostaron por figuras mediáticas: artistas, deportistas, actores. Luego llegó la moda de los “candidatos ciudadanos”, muchas veces sin formación ni experiencia real en lo público.
Y cuando eso tampoco funcionó, recurrieron a lo de siempre: los mismos perfiles de hace años, los conocidos, los reciclados. No por ser los mejores… sino por ser los únicos disponibles.
Ese es el tamaño del problema.
Hoy, en muchos casos, quienes toman decisiones no son los más preparados, sino los que lograron sobrevivir al sistema cambiándose de partido y ganando más por la popularidad de una marca que por su capacidad y experiencia, ya que muchos eran hasta desconocidos o no sabían que estaban registrados.
El tono también cambió.
Desde la más alta tribuna del país, primero con Andrés Manuel López Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum, la política dejó de cuidar las formas y cruzó hacia la confrontación constante. La investidura perdió peso… y el nivel también.
Y cuando baja el nivel de quienes gobiernan, bajan los resultados del país.
México no necesita nostalgia. Pero tampoco puede normalizar la improvisación.
Necesita recuperar algo que hoy parece escaso: perfiles con preparación, con criterio y con respeto por la política.
Porque gobernar no es improvisar.
Y representar no es gritar.
Porque los países no fracasan por falta de proyectos… fracasan cuando no tienen a quién confiarles su ejecución.
Y hoy, con un gobierno que apostó más por la lealtad que por la capacidad, los resultados están a la vista.
El problema de México no es quién llega al poder… es que cada vez hay menos capaces de ejercerlo. Y cuando la lealtad vale más que la capacidad —como hoy—, el país entero termina pagando el costo.




