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El país que dejó de construir bien y empezó a presumir tapar baches

En México, manejar ya no es trasladarse.

Es esquivar.

Baches, parches mal hechos, “topes” improvisados y calles que parecen más

una prueba de resistencia para el coche que una vía pública.

Mientras el discurso oficial presume inversión en infraestructura,

la realidad diaria del ciudadano cuenta otra historia:

carreteras deterioradas y ciudades parchadas.

Pero el problema no es estético.

Es económico.

Cada bache le cuesta dinero a la gente: suspensiones dañadas, llantas que no duran,

rines doblados, alineaciones constantes.

Estimaciones de aseguradoras y asociaciones automotrices coinciden en algo:

el mal estado de las vialidades puede representar miles de pesos al año por vehículo.

Es un impuesto silencioso que nadie votó, pero todos pagan.

Y aquí es donde la discusión se pone seria.

México no tiene un problema de falta de recursos; tiene un problema de prioridades,

ejecución y planeación.

Si revisamos el gasto público, el patrón es claro.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Hacienda (SHCP),

la inversión física en infraestructura como proporción del gasto total

ha perdido peso en los últimos años, y dentro de ella, el componente carretero

ha sido desplazado por grandes proyectos específicos.

Más aún, informes de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones

y Transportes (SICT) y observaciones de la Auditoría Superior de la Federación (ASF)

han señalado de forma reiterada que los recursos destinados

a conservación carretera son insuficientes frente al deterioro de la red existente.

En términos simples: se está cuidando menos de lo que se debería… y eso se nota.

Pero hay otra pregunta clave: ¿hoy se construye más infraestructura vial que antes?

Aunque la red carretera del país ha crecido con el tiempo, distintos análisis presupuestales

muestran que el ritmo de inversión en nuevas carreteras y en modernización

no ha mantenido el mismo dinamismo que en etapas anteriores, especialmente

en infraestructura local: calles, avenidas y caminos estatales.

Es decir: no solo importa cuánto tienes… sino cuánto construyes y en qué condiciones.

Y aquí es donde la contradicción se vuelve evidente.

Porque hoy, técnicamente, construir es más fácil que nunca.

Existen mezclas asfálticas modificadas que resisten mejor el desgaste.

El concreto hidráulico moderno puede durar décadas.

Las técnicas de reciclado de pavimentos reducen costos y tiempos.

Y la maquinaria actual permite obras más rápidas y precisas.

Con todo eso, lo lógico sería ver más calles, de mejor calidad y con mayor durabilidad.

Pero pasa lo contrario.

Entonces, la pregunta de fondo es inevitable: si hoy tenemos mejor tecnología, mejores materiales y procesos más eficientes… ¿por qué nuestras calles están peor que antes?

Porque el problema no está en la ingeniería.

Está en las decisiones públicas.

Se prioriza el corto plazo sobre la durabilidad.

Se privilegia la obra visible sobre la funcional.

Se invierte más en inaugurar que en conservar.

Y, en muchos casos, la corrupción distorsiona todo: desde la asignación de contratos hasta la calidad de ejecución.

El resultado es absurdo: calles más caras, que duran menos.

Pero hay algo todavía más preocupante.

En México, tapar baches se ha convertido en una bandera político-social.

Gobiernos que presumen en redes sociales jornadas de bacheo como si fueran logros de infraestructura: brigadas, fotos, videos… narrativa de solución.

Cuando, en realidad, debería ser al revés.

Un gobierno que presume tapar baches está reconociendo, sin decirlo, que sus calles fallaron.

Porque el bache no es un logro.

Es evidencia de mala construcción o de falta de mantenimiento.

En países como Alemania, el mantenimiento es preventivo y técnico.

En Estados Unidos, existen presupuestos multianuales para conservación.

En Chile, las concesiones obligan a mantener estándares de calidad.

Aquí celebramos el parche.

Y mientras tanto, el ciudadano paga dos veces: con sus impuestos… y con su coche.

La ciudadanía no debería agradecer que tapen baches; debería exigir calles que no los necesiten. Porque cuando el gobierno presume su bacheo, no está resolviendo el problema… está normalizando el fracaso.