Menu

EL PAÍS DONDE VIVIR YA NO ALCANZA

Hay una diferencia entre un país con problemas y un país donde la vida cotidiana empieza a desgastar a su gente.

México cada vez se parece más al segundo.

Porque el deterioro ya no se siente únicamente en las grandes tragedias nacionales. Se siente en lo cotidiano: en la renta, en el miedo, en el tráfico, en el cansancio, en el tiempo perdido y en la sensación constante de que vivir cuesta demasiado para la calidad de vida que se recibe a cambio.

La inseguridad no solo cambió las estadísticas del país; cambió la conducta de las personas.

Hoy millones de mexicanos modifican rutas, horarios y hábitos por miedo. Evitan manejar de noche, compartir cierta información, detenerse en determinadas zonas o incluso salir. La violencia dejó de ser un evento extraordinario para convertirse en una variable cotidiana de planeación.

Pero el problema se vuelve más profundo cuando ese miedo se combina con un costo de vida que crece mucho más rápido que la capacidad de las personas para sostenerlo.

De acuerdo con análisis de plataformas inmobiliarias como “Inmuebles24” y “Vivanuncios”, en varias ciudades mexicanas la renta ya consume entre 40 y 60 por ciento del ingreso mensual promedio. Mientras tanto, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) recomienda que el gasto en vivienda no supere el 30 por ciento del ingreso de un hogar.

México rebasó hace tiempo ese equilibrio.

Y eso tiene consecuencias mucho más serias que simplemente “vivir caro”.

Según la Sociedad Hipotecaria Federal (SHF), el precio de la vivienda en México mantiene incrementos sostenidos por encima del crecimiento salarial real. En términos prácticos, esto significa que para millones de jóvenes independizarse, comprar una casa o construir patrimonio dejó de ser una meta cercana y comenzó a sentirse como una aspiración cada vez más lejana.

Entonces aparece una paradoja brutal: la gente trabaja más… pero vive peor.

Porque el dinero ya no solo alcanza menos; también compra menos tranquilidad.

Muchas personas viven lejos de donde trabajan porque es lo único que pueden pagar. Eso significa más tiempo en transporte, más exposición a la inseguridad, menos convivencia familiar y más agotamiento físico y emocional.

La vida cotidiana se convirtió en una suma de desgaste.

Y cuando una sociedad vive bajo desgaste permanente, también empiezan a cambiar sus decisiones personales más profundas.

De acuerdo con datos del INEGI, la tasa global de fecundidad en México cayó de alrededor de 6.8 hijos por mujer en los años setenta a cerca de 1.6 hijos actualmente, por debajo del nivel de reemplazo poblacional. Paralelamente, distintos estados han comenzado a reportar disminución de matrícula y cierre de grupos escolares en niveles básicos por falta de niños.

Pero la caída de la natalidad no viene sola.

Según cifras del INEGI, el número de matrimonios en México ha disminuido de manera importante en las últimas décadas, mientras que los divorcios aumentaron aceleradamente. Tan solo entre 2013 y 2023, los divorcios crecieron más de 60 por ciento a nivel nacional. Hoy, además, millones de jóvenes prefieren retrasar o evitar por completo el matrimonio y la formación de una familia, principalmente por incertidumbre económica, falta de patrimonio y dificultad para sostener un proyecto de vida estable.

Y no es difícil entender por qué.

Tener hijos hoy implica pensar en rentas imposibles, colegiaturas cada vez más caras, inseguridad, atención médica costosa, jornadas laborales agotadoras y un futuro financiero incierto.

Por eso el cambio que vive México no es únicamente económico; también es cultural.

Quizá no hemos dimensionado que, si esta tendencia continúa, la “familia tradicional mexicana” que conocimos durante generaciones podría empezar a desaparecer lentamente.

Esa familia enorme de muchos hermanos, primos, tíos y abuelos reunidos los domingos.

La casa grande de los abuelos con patio, cochera, jardín y varios cuartos.

Los terrenos comprados poco a poco.

Los locales comerciales al frente de la casa que ayudaban a sostener a toda la familia.

Los coches propios.
Las joyas heredadas.
Las discusiones por las propiedades familiares.

Toda esa estructura social y cultural nació de una generación que, con todas sus dificultades, todavía podía construir patrimonio.

Hoy, para millones de adultos jóvenes, incluso tener una casa propia parece inalcanzable.

Y cuando una generación deja de formar patrimonio, también empieza a romperse la continuidad cultural que giraba alrededor de él.

Porque las familias pequeñas no solo cambian el tamaño de los hogares. Cambian la convivencia, las tradiciones, el sentido de comunidad e incluso la forma en que un país entiende la familia.

Porque al final, la crisis más profunda no siempre es la que aparece en los discursos políticos o en los indicadores macroeconómicos.

A veces la crisis real es más silenciosa.

Es la de millones de personas que, aun esforzándose más que nunca, sienten que el futuro cada vez les alcanza menos.