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Antes de Drácula, la sed de la noche

Conforme vamos creciendo hay criaturas que consiguen acompañarnos hasta la cama, esconderse en nuestros pensamientos y vivir allí. Unos de esos seres son los vampiros, llevan siglos bebiendo de nuestros temores y, curiosamente, cuanto más sabemos de ellos, más queremos conocerlos.

Pero el conde Drácula, con su elegancia siniestra, su castillo perdido entre montañas

y esa sed que parece no tener fin, no nació de la imaginación de un solo escritor.

Antes de que Bram Stoker le diera un nombre inmortal, los muertos ya regresaban

en las leyendas, las aldeas europeas temían a los cuerpos que abandonaban sus tumbas

y la literatura comenzaba a descubrir que el monstruo podía tener un rostro seductor.

En distintas regiones de Europa oriental existían creencias sobre los muertos

que volvían para atormentar a los vivos.

En épocas en que las enfermedades podían arrasar una comunidad sin explicación

y la medicina apenas ofrecía respuestas, la muerte era un misterio.

Si un cadáver parecía conservar un aspecto extraño, si varias personas enfermaban

en una misma familia o si una desgracia se repetía, la imaginación encontraba culpables

entre quienes ya habían sido enterrados. Así crecieron los relatos de criaturas que robaban la vida de los demás para prolongar la propia.

La sangre, por supuesto, tenía todos los ingredientes para convertirse en protagonista: era visible, cálida, indispensable. Perderla significaba morir; derramarla era una señal de violencia, y verla desaparecer del cuerpo alimentaba la fantasía de que alguien, en alguna parte, se estaba apropiando de vida ajena. El vampiro se convirtió así en una explicación sobrenatural para aquello que la gente no podía comprender.

La literatura contribuyó con el mito. En 1819, John Polidori publicó El vampiro, un relato que contribuyó a transformar a la criatura en un aristócrata elegante y peligroso. El monstruo ya no tenía que arrastrarse entre las tumbas: podía entrar a un salón, vestir impecablemente y conquistar a sus víctimas. A veces, la peor amenaza no es la que nos persigue, sino aquella a la que abrimos voluntariamente la puerta.

Apareció Carmilla

En 1872, el escritor irlandés Sheridan Le Fanu publicó la novela corta que lleva el nombre de esta misteriosa vampiresa. Veinticinco años antes de Drácula, Carmilla ya sabía que el terror podía instalarse en la intimidad, adoptar la apariencia de la belleza y confundirse con el deseo. La joven llega a la vida de Laura envuelta en un aire de fragilidad y misterio; sin embargo, detrás de su encanto se esconde una criatura que necesita alimentarse de otras vidas.

Carmilla no es simplemente una mujer que bebe sangre. Es una presencia que fascina y amenaza, que despierta curiosidad al mismo tiempo que provoca inquietud. Su relación con Laura está atravesada por una atracción que desborda las convenciones de la sociedad victoriana, una época particularmente severa.

Hay algo extraordinariamente moderno en ese planteamiento. Carmilla nos recuerda que el miedo no siempre se presenta con un rostro desagradable; a veces llega envuelto en belleza, promete compañía y nos hace confundir la fascinación con la confianza. Le Fanu comprendió que el vampirismo podía ser también una forma de hablar del deseo, del poder y de los límites que una sociedad impone a sus propios fantasmas.

Veinticinco años después, en 1897, Bram Stoker publicó Drácula y reunió muchas de las piezas que la tradición y la literatura habían dejado sobre la mesa. Su conde provenía de Transilvania, vivía entre sombras y parecía pertenecer a un tiempo anterior al nuestro. Para construirlo, Stoker recurrió al folclore, a la tradición gótica y a las inquietudes de la sociedad victoriana, obsesionada tanto con los avances científicos como con aquello que la razón todavía no podía explicar.

El nombre de Drácula suele relacionarse con Vlad III, conocido como Vlad el Empalador, gobernante de Valaquia en el siglo XV y famoso por la crueldad de sus castigos. Su figura histórica contribuyó a alimentar las asociaciones posteriores entre el nombre y la violencia, aunque conviene no confundir al personaje literario con el gobernante real: no hay pruebas suficientes para afirmar que Stoker construyera a su vampiro a partir de una biografía detallada de Vlad.

El Drácula que conocemos es, en buena medida, una creación colectiva. Stoker le dio forma literaria, pero el teatro y el cine terminaron de vestirlo con capa negra, mirada hipnótica y una elegancia muy atractiva. El conde de las películas no es exactamente el de las páginas originales; su imagen fue cambiando hasta instalarse en la cultura popular, donde incluso quienes jamás han leído la novela saben que tiene colmillos y que solo una estaca en el corazón puede terminar con él. Que los ajos lo alejan y la plata puede quemarlo.

Drácula representa el miedo a lo desconocido, la amenaza de lo extranjero, la enfermedad, el deseo reprimido o la angustia ante un cuerpo que se niega a obedecer las leyes de la naturaleza.

Carmilla y Drácula, pertenecen a un pasado que se niega a desaparecer. Regresan desde otro tiempo para recordarnos que hay cosas que enterramos sin haberlas resuelto y preguntas que sobreviven.

Seguimos contando historias de vampiros porque son monstruos que, desafían la frontera definitiva de la existencia: la muerte. ¿Qué haríamos si pudiéramos vivir para siempre? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a sacrificar por no envejecer? ¿Y qué quedaría de nosotros si la eternidad dependiera de consumir la vida de alguien más?

El horror también radica en descubrir que la inmortalidad puede tener un precio demasiado alto y eso lo sabe muy bien nuestro querido Dorian Gray, el protagonista de la novela El retrato de Dorian Gray (1890-1891), novela del irlandés Oscar Wilde.

Después de todo, los vampiros no inventaron la sed de poder, la fascinación por la juventud eterna ni el deseo de poseer lo que pertenece a otros; esas debilidades ya estaban entre nosotros y se mantienen; nadie puede negar la alegría que generan las inyecciones de bótox en personas maduras; recordemos a Elisabeth Sparkle, protagonista de La Sustancia, quien dio vida y alma por permanecer vigente en las pantallas de televisión.

El conde de Transilvania llegó para quedarse, no hace falta vivir cerca de un castillo para entender su leyenda. Hay historias que sobreviven en el imaginario colectivo durante siglos, incluso cuando sabemos que son ficción.

Creo que los monstruos más memorables no existen fuera de nosotros, son aquellos que encuentran la manera de confrontarnos con lo que somos. Drácula, después de tantos años, conserva el hambre de amor, de pasión, de vida y sangre, de sexo descontrolado… dije, Drácula.

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