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Ni tan santos ni tan diablos

¿Quién no ha querido tener la conciencia tranquila y, al mismo tiempo, salirse con la suya? Somos capaces de defender la honestidad, justificar una pequeña trampa y convencernos de que, en el fondo, somos buenas personas.

Para eso también tenemos talento: para encontrarle una explicación bastante decente

a nuestras “malas” decisiones. Y si alguien nos reclama, siempre podemos alegar

que el diablo nos tentó, aunque yo creo que él ni siquiera se entera.

Desde hace siglos, la humanidad intenta entender esa vieja rivalidad entre Dios y el diablo,

el bien y el mal, la luz y las sombras. El arte les ha dado rostros, cuerpos y personalidades:

desde demonios grotescos que parecen salidos de una pesadilla hasta figuras de

una belleza capaz de despertar más de una duda. Porque, seamos sinceros,

si el mal tuviera siempre cara de monstruo, reconocerlo sería bastante sencillo;

el problema comienza cuando tiene una sonrisa encantadora, argumentos convincentes

y hasta buenos modales.

Esta dualidad fue uno de los temas abordados durante el VIII Coloquio Internacional Hermetismo y Cosmovisiones en Hispanoamérica 2026, organizado por la BUAP bajo el tema Lo monstruoso y lo sagrado: terror y horror en las artes. Entre las ponencias destacó Una relectura del mito de Lucifer, desde el decadentismo hispanoamericano, de Luis Arturo Fuentes Ramos, quien reflexionó sobre la figura de un personaje que, desde hace siglos, permite explorar las fronteras entre la obediencia, la rebeldía y la condena.

En entrevista concedida durante el encuentro, Fuentes Ramos planteó una idea interesante: el diablo es necesario para la fe porque su presencia permite explicar algo fundamental de la moral, la distinción entre el bien y el mal. En sus palabras, representa una especie de antítesis del bien encarnado por Dios. Dicho de otra manera, para comprender la luz también necesitamos conocer su oponente; de lo contrario, ¿cómo sabríamos que estamos caminando hacia ella y no dando vueltas en la oscuridad?

La cuestión no se limita a la religión. También está presente en la historia del arte, donde Lucifer ha experimentado más cambios de imagen que cualquier celebridad. Fuentes Ramos explicó que las representaciones del diablo han evolucionado desde las figuras grotescas y aterradoras de otras épocas hasta imágenes mucho más bellas, una transformación relacionada con los cambios culturales, políticos y sociales que también dejan su huella en los artistas.

Basta mirar El ángel caído, de Alexandre Cabanel. En esta pintura, Lucifer aparece con una belleza extraordinaria, el cuerpo poderoso y una mirada en la que se mezclan la ira, el orgullo y el dolor. No es precisamente el demonio de cuernos, cola y tridente que esperaríamos encontrar en una ilustración infantil. Su figura resulta inquietante por una razón mucho más interesante: nos obliga a mirar dos veces a quien, en teoría, deberíamos rechazar sin pensarlo.

¿Puede alguien representar el mal y, al mismo tiempo, despertar admiración? ¿La belleza modifica nuestro juicio? ¿Nos cuesta más condenar a quien nos resulta atractivo? El arte no necesariamente ofrece respuestas, pero tiene la costumbre de plantear preguntas.

Durante el siglo XIX, el romanticismo y el decadentismo encontraron en figuras oscuras, rebeldes y marginales una manera de cuestionar el orden establecido. Lucifer dejó de ser únicamente una representación del mal para convertirse también en símbolo de insumisión. Muchos artistas pueden identificarse con él porque se perciben como víctimas de un sistema que los margina, los aparta y los condena a vivir en condiciones precarias. La figura del ángel caído adquiere así otra lectura: la de quien desafía un orden que considera injusto y termina pagando las consecuencias.

Comúnmente, nos gusta pensar que somos protagonistas de nuestra propia historia. Y cuando nos cierran las puertas, pocas cosas resultan tan tentadoras como imaginar que el problema está en quienes las custodian y no en nosotros. A veces es cierto; otras, convendría revisar el expediente antes de declararnos mártires.

Cuando le pregunté al ponente si se identifica con un ángel o con un demonio. Su respuesta fue tan breve como reveladora: «Pues yo quisiera un ángel, pero creo que estoy más cerca de un demonio».

En la vida cotidiana, esa ambigüedad tiene un escenario mucho menos espectacular que las pinturas religiosas: nuestra propia conciencia. Allí aparecen las voces que nos aconsejan actuar con honestidad, reconocer un error o pensar en los demás, pero también las que encuentran justificaciones para mentir, guardar rencor o hacer una excepción cuando nos conviene. No necesitamos escuchar literalmente al diablo para conocer esa negociación interior; basta con que alguien nos ofrezca una oportunidad de sacar ventaja y comience el debate entre lo que debemos hacer y lo que nos gustaría.

La psicología distingue entre tener un pensamiento, experimentar un impulso y decidir actuar. La diferencia importa, porque una tentación no define por sí sola a una persona, como tampoco una buena intención garantiza una conducta justa. Pensar algo no es lo mismo que hacerlo, y reconocer nuestros impulsos puede ayudarnos a decidir qué clase de personas queremos ser. El problema aparece cuando dejamos de cuestionarnos y convertimos cada deseo en una justificación, y eso incluso es cultural.

Nos encanta dividir el mundo entre buenos y malos; eso me enseñaron las películas de Disney. A los demás los juzgamos con rapidez, mientras que para nosotros reservamos explicaciones, antecedentes, atenuantes y hasta una conmovedora historia de superación.

Creo que no se trata de presumir nuestras sombras, sino de reconocerlas antes de que terminen tomando decisiones por nosotros.

En vísperas de Halloween y del Día de Muertos, el terror llega todos los rincones y nos atrae porque convierte en imágenes aquello que tememos, pero también porque nos permite acercarnos a preguntas que evitamos casi siempre: ¿de qué somos capaces?, ¿cuánto conocemos de nosotros mismos?, ¿qué hacemos cuando nuestros intereses chocan con nuestros principios?

Por eso seguimos contando historias de ángeles caídos y demonios seductores. No solamente queremos saber qué ocurrió en el cielo o quién terminó en el infierno; buscamos entender por qué alguien desafía las reglas, qué convierte a una persona en villana y hasta dónde puede llegar nuestra capacidad para distinguir entre lo correcto y lo conveniente.

Tal vez el cielo y el infierno sean, además de creencias religiosas, dos de las imágenes más antiguas con las que la humanidad ha intentado explicar sus contradicciones. Entre ambos extremos transcurre nuestra existencia, lejos de la perfección de los ángeles y de la maldad absoluta de los demonios. Y aunque de vez en cuando nos guste sentirnos protagonistas de una batalla épica entre la luz y las tinieblas, muchas de nuestras decisiones se juegan en escenarios bastante más modestos: una mentira que podríamos evitar, una disculpa que nos cuesta ofrecer o una ventaja que nadie descubriría si decidiéramos aprovecharla.