Hablar del futuro de México es, inevitablemente.
Vivimos en un país atravesado por la violencia del narcotráfico,
por la expansión de economías criminales y por una delincuencia
que no distingue edades ni territorios.
Pero también vivimos en un país joven, creativo
y con una generación que no quiere normalizar el miedo.
México no puede resignarse a que la violencia sea parte de su identidad.
No podemos permitir que nuestras juventudes crezcan pensando
que el camino más corto al reconocimiento es el que ofrece el crimen organizado.
Cuando el Estado falla en garantizar educación de calidad, empleos dignos
y espacios culturales y deportivos, otros ocupan ese vacío.
Y lo hacen con dinero fácil, con armas y con una narrativa peligrosa de poder inmediato.
El narcotráfico no es solo un problema de seguridad; es también un problema social,
económico y cultural.
Es el reflejo de desigualdades históricas, de instituciones debilitadas
y de una impunidad que lastima la confianza ciudadana.
Combatirlo exclusivamente con fuerza es insuficiente.
Se requiere inteligencia, coordinación institucional y, sobre todo, prevención.
Para construir políticas públicas que miren a las juventudes no como estadísticas,
sino como protagonistas del cambio.
Se construye invirtiendo en educación tecnológica, en salud mental,
en cultura y deporte. Se construye recuperando el espacio público,
fortaleciendo policías locales con controles ciudadanos y combatiendo frontalmente
la corrupción.
Pero también se construye desde la comunidad.
Desde las familias, desde las escuelas, desde la participación ciudadana organizada.
Cuando las y los jóvenes encuentran causas, identidad y propósito en movimientos sociales,
en el emprendimiento, en el arte o en la política, el crimen pierde terreno.
El futuro de México dependerá de nuestra capacidad de romper el ciclo de violencia
con una visión integral.
No basta con señalar culpables; es momento de asumir corresponsabilidades.
El Estado debe garantizar seguridad y justicia, pero la sociedad
también debe exigirlas y participar activamente en su construcción.
Las juventudes mexicanas no quieren heredar un país en guerra permanente.
Quieren oportunidades, libertad y dignidad. Quieren salir sin miedo, estudiar sin amenazas y
emprender sin extorsiones. Quieren vivir.
México aún está a tiempo. La historia nos ha demostrado que las naciones pueden
transformarse cuando deciden enfrentar sus crisis con valentía y unidad. La pregunta no es
si podemos alcanzar la paz, sino si estamos dispuestos a hacer lo necesario para construirla.
El futuro no está escrito. Y precisamente por eso, nos toca escribirlo con responsabilidad,
justicia y esperanza.







