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DEL DESENCANTO AL HARTAZGO: LO QUE LA POLÍTICA NO ESTÁ ENTENDIENDO

El enojo de la gente no nació ayer… y tampoco es casualidad.

En México, 7 de cada 10 ciudadanos dicen confiar poco o nada en los partidos políticos

(de acuerdo con mediciones de Latinobarómetro y encuestas nacionales como Mitofsky).

Pero eso, más que un dato, es algo que se siente.

Se escucha en la calle.
En el mercado.
En cada colonia donde la política dejó de ser cercana… para volverse distante.

El hartazgo no es una percepción. Es una constante.

Es lo que pasa cuando se promete más de lo que se cumple. Cuando el discurso pesa más que los resultados. Cuando la política deja el territorio y se encierra en oficinas, eventos y redes sociales.

Y sí, la gente lo nota.

Porque mientras se habla de crecimiento, hay familias que siguen batallando con lo básico. Mientras se presume desarrollo, hay jóvenes que no encuentran una oportunidad real. Mientras se discute en lo nacional, en lo local hay problemas que simplemente no se resuelven.

Por eso el hartazgo no es apatía.
Es decepción acumulada.

Durante mucho tiempo se pensó que la gente no reaccionaba. Que el silencio era aprobación. Pero no era eso.

La gente estaba viendo.
Comparando.
Evaluando… y cansándose.

Hoy ese cansancio ya no se disimula.

Se ve en la baja participación, en el voto de castigo, en lo rápido que cambian las preferencias. Pero sobre todo, se siente en algo más delicado: la pérdida de confianza.

Y sin confianza, no hay proyecto que aguante.

Aquí es donde la política tiene que decidir: o ignora el mensaje… o lo entiende.

Porque el hartazgo no es un enemigo. Es una advertencia.

Es la señal de que algo no se está haciendo bien. Pero también es la oportunidad de corregir. De regresar a lo básico: escuchar, estar, resolver.

Volver al territorio no es discurso. Es obligación.

Es dar la cara donde sí hay problemas, no solo donde hay aplausos. Es construir desde lo local, no imponer desde lejos. Es entender que la gente no está pidiendo perfección… está pidiendo resultados.

Y algo más: congruencia.

Porque si la política no cambia, la ciudadanía sí lo va a hacer.

Y cuando eso pasa, no solo cambian los gobiernos… cambia todo.

El hartazgo no es el problema.
Es la advertencia.

La gente ya no está esperando.
Está decidiendo.

Y quien no lo entienda a tiempo,
no solo va a perder elecciones…
va a quedarse sin lugar.